sábado, 2 de marzo de 2013

Tan azules como el mar...

«¡Qué nervios, qué nervios!», eran mis primeras vacaciones en la playa y estaba deseando llegar. Estábamos entrando en el aparcamiento del apartamento y ya tenía ganas de bajarme del coche para poder echarle un vistazo al mar… «¡En cuanto aparquemos, me voy a la playa! ¡Volveré a la hora de comer!», «Vale, pero ten cuidado…». Mi madre sabía cuánta ilusión me hacía aquel viaje. Había sido un año difícil, ella no sabía el motivo, pero yo sí. Me había enamorado por primera vez y por primera vez me habían roto el corazón en mil pedazos… Durante unos meses nada había tenido sentido y sólo tenía ganas de llorar, pero ahora ya había pasado, el curso había acabado y yo tenía un largo verano por delante y unas geniales vacaciones en la playa para olvidarme de todo ¡y empezar de nuevo! Corrí unos metros por la arena deseando llegar a la orilla. Y entonces lo vi: ¡¡¡el mar!!! «Increíble…», «Lo es, aunque tu cara al verlo no ha sido menos…», ¿cómo? Me giré para mirar a la voz que había dicho eso y algo se removió dentro de mí… «Hola, me llamo Aritz», Aritz. Nunca había oído ese nombre, pero estaba segura de que no se me iba a olvidar… «Hola, yo me llamo Carlos», ni siquiera sé cómo pude recordar mi nombre teniéndolo delante, Aritz era… ¡Pff! Se notaba que llevaba ya algunas semanas allí. Era más alto que yo, moreno y con unos ojos tan azules como el mar que acababa de ver… «Supongo que es la primera vez que vienes a la playa», «Sí, nunca había visto el mar y me hacía mucha ilusión…», «Sí, se ha notado…» Aritz se rió y a mí se me escapó una sonrisa al pensar la cara que debía haber puesto al llegar. «Bueno, Carlos, pues alguien tendrá que enseñarte todo esto… Así que, ¿te apuntas a una excursión por la playa? ¡Prometo que no nos separaremos del mar! ¡Quiero seguir viendo esa cara…!», nos echamos a reír y nos fuimos. La mañana se me pasó volando y, cuando quise darme cuenta, era la hora de ir a comer, «Bueno, tengo que irme ya…», mientras pronunciaba esa frase mi cabeza me gritaba «¡quédate, quédate, quédate!». Y es que las risas y el buen rollo con Aritz me habían devuelto una sensación que hacía mucho que tenía olvidada ¡y no quería separarme de él! «Bueno, pues… si quieres y te aburres, nos vemos esta tarde… Yo estaré por aquí», ¡sí, me estaba diciendo de quedar otra vez por la tarde! Y estaba claro cuál era mi respuesta… Le sonreí y me quedé clavada delante de él, Aritz me devolvió la sonrisa y echó a andar por la playa. Me quedé algo confundida. No es que esperara que se fuera a lanzar a mis brazos, pero algo raro había pasado.Habíamos conectado durante toda la mañana, juntos estábamos genial, pero a la hora de despedirnos… era como si hubiera un muro de cristal entre los dos que nos impedía acercarnos. Muy raro. Me fui dándole vueltas al tema y sonriendo cada vez que recordaba un momento a su lado… Aritz me había devuelto algo en una sola mañana, algo muy importante: mi sonrisa y esas mariposas… Ésas que tuve una vez.

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